jueves, 12 de noviembre de 2009

OTOÑO

Me alejé unos pasos, y le dije que lo nuestro había acabado. Insistí en que mi vida estaba en otro lugar, en otros brazos. Nuestro lecho se había convertido en un estanque helado. ¿Acaso no se daba cuenta? Ya no lo aguantaba más. Pero ella seguía allí, con su maldita sonrisa. ¡Qué bromista eres, Max! Era imposible desarmar su gesto cariñoso, sus ojos llenos de luz. Me agarró de la mano y paseamos en silencio. Fue allí donde sucedió, junto al río. No podía soportar aquella sonrisa en sus labios. Volví su rostro contra el suelo y la cubrí de hojas secas.
JCA