miércoles, 31 de marzo de 2010

HABITACION 212


Siento que... A veces. Tú sabes. Ese pálpito. Está ahí, en la punta de los dedos dormidos, en los tacones que resuenan en los pasillos de los sueños. Siento que... No tengo palabras. Una bocanada de sal en la boca. Un kilo de plomo en los pies. Todo pesa. El mar frío, oscuro, pudre mis cimientos. Los caracoles reptan por mis brazos. Siento que... ¿Cómo decirlo? El leve dolor que anticipamos, aún antes de que suceda. El dolor. Como se anticipa la ausencia, el fragor de la batalla, el hambre de los perros vagabundos. Los miedos han despertado con la morfina, con la anestesia. Una enfermera me mira y su mano acaricia mi frente de arena, ángel de un cielo mudo y descolorido. Welcome to el mundo de los vivos. Luego tu rostro. Tu boca. Llevas una camisa azul. Sonríes y me gustaría explicarte que... Siento que... Tú sabes... Pero la boca llena de plástico. El aire templado. Y agarrado a tu imagen me dejo caer de nuevo en la inconsciencia.

lunes, 29 de marzo de 2010

AMENAZA

Ascendía por mi vientre,
repugnante,
aunque no podía verla,
la maldita araña, tejiendo entre mis sueños,
tejiendo entre mis piernas,
las lágrimas humedecían
aquel particular pentagrama,
atrapada, allí,
el terror de quedar para siempre paralizada,
sola, con la araña,
la imposibilidad de caminar
con los pies deshollados,
con el alma deshollada,
la imposibilidad de gritar,
la tela en la boca, en los labios,
en las piernas,
en la vida,
esperando ser succionada,
por la araña, la maldita araña,
que ni siquiera veía,
y sin embargo, su amenaza
abarcaba todo mi sueño
y lo desbordaba.
JCA

domingo, 28 de marzo de 2010

LÁGRIMA


Bajo sus pestañas vibra el caracol húmedo, que deja su rastro brillante de animal tozudo junto a la encrucijada de su boca. Saca un segundo la hermosa lengua entre los labios. Pacientemente espera que llegue de nuevo el líquido salado. La lágrima avanza siguiendo el cauce de sus mejillas, salpicando alegre las orillas de su cara.

JCA

viernes, 26 de marzo de 2010

ALGAS

Las algas fueron su pelo
también su pecho, sus labios.
Las algas la acunaban,
la alimentaban,
le susurraban las canciones de la bahía.
Las algas fueron una infancia verde,
las cadenas de los columpios,
las trenzas que apretaban unos pequeños lazos rojos.
Las algas estaban en la lluvia,
pero también dentro de las botas.
Dentro de las venas.
Dentro de los armarios y de los cajones.
Se partió su corazón y surgieron algas
granates y marrones.
Algas de vida
que chorreaban su agua salada
sobre el suelo de madera.
Las algas fueron su envoltorio,
su caja,
su almohada,
sobre la que dormir un sueño de sal
tranquilo y definitivo.
JCA

miércoles, 24 de marzo de 2010

SUTILMENTE

Los colores desvaídos.
Las rupturas anunciadas.
El cariño abrupto que levanta ampollas,
el agradecimiento volcánico,
la pena acuática y profunda.
El corazón palpita y suena
como una flauta travesera.
El grito del corazón
es el de un mamífero pariendo.
El sol sonríe
hasta que una nube le amordaza la boca.
Crujen las piedras del cementerio
y el aire acaricia las espaldas abatidas.
Circulos de vida que se cierran
sutilmente.
Los colores anunciados.
Las rupturas desvaídas.
El delirio del abrazo.
El vacío entre los brazos.
De nuevo el sol enseña los dientes.
JCA

martes, 23 de marzo de 2010

LA MISMA LUZ, LOS MISMOS COLORES (7)

El abandonado
Dicen que lo que más teme un niño es verse abandonado. Nos sabemos dependientes, necesitados de cariño. Cuando alguien nos abandona, se lleva algo nuestro: un pedazo de nuestra autoestima, un poco de nuestro orgullo y un trozo de nuestra alma arrancada de cuajo, sin anestesia. Nos dejan el dolor, el pesar, la sospecha, la culpa y unos cuantos recuerdos que, al principio, acuñamos en nuestra memoria para no olvidar. Los mismos que, tiempo después, nos esforzamos en borrar.
Si el padre de mi padre se hubiera muerto, todo habría sido más fácil. Sus familiares le habrían secado las lágrimas con un gran pañuelo blanco. Habría podido hundir su cabeza en el pecho mullido de mujeres que apenas conocía y que abrazándole le habrían consolado de su desgracia. Habría llevado un luto temporal, un trajecito de tergal negro que Leticia le habría puesto los domingos para ir a misa. Y lo que es más importante, habría podido mantener su amor hacia él. En cambio tuvo que esconderlo, taparlo, pisotearlo, asfixiarlo, convertirlo en odio.
Recordaba las largas noches cuando, despierto en la oscuridad, esperaba escuchar el crujido de unas pisadas que volvían arrepentidas. Las tardes perdidas mientras observaba a lo lejos a su madre que paseaba arriba y abajo, escrutando, ella a su vez, el horizonte.
Esperar como un acto de desesperanza que se convierte en humillación.
Soñar que la realidad es sólo un sueño y tiene un final feliz.
Anhelos de recomponer su vida que se estrellaban ante un muro de confusión.
¿Ha sido culpa mía? Se preguntaba el niño.
Y sólo el silencio le respondía.

viernes, 19 de marzo de 2010

LA CAFETERA


Mamá y papá discutían muy a menudo. Empezaban con una tontería pero luego aquello parecía un tornado tropical. Rencores, envidias, ilusiones perdidas volaban por la casa destrozándolo todo a su paso. Después, llegaba la tregua y firmaban la paz frente a una taza de café. Pero un día, mi hermana Maria Elena, que siempre ha pecado de boba, le prestó la cafetera a la vecina. Esa noche la discusión fue apoteósica y mis padres no encontraban la forma de apaciguarse. A media noche mi papá empezó a hacer la maleta. Mi mamá fumaba un cigarrillo tras otro sentada en el sillón. Cuando al día siguiente la vecina nos devolvió la cafetera, mi madre le dijo que podía quedársela. Desde ese día en mi casa tomamos café instantáneo.
JCA