jueves, 5 de septiembre de 2013

EL TRAGALUZ


Este es el principo de EL TRAGALUZ



Los niños jugaban en la pequeña plaza, haciendo suyas las escaleras de piedra y las callejuelas, los bordillos de las aceras y los coches aparcados de cualquier manera. Los niños siempre jugaban, incluso cuando estaban tristes jugaban a estar tristes y, cuando se caían y se raspaban las rodillas, jugaban a que eran soldados heridos y sus madres enfermeras amables, y la tirita era capaz de curar las heridas de metralla. Los niños, Iñaki, Santos, Ricar, Lupe, Pía, jugaban y corrían aquí y allá, y a veces alguien les preguntaba, a qué jugáis, pero ellos no sabían explicarlo. Al principio se llamaba polis y cacos y el juego tenía unas reglas básicas, pero luego, en la confusión, lo divertido era correr, compartir las risas y los nervios, cuando un amigo estaba a punto de atrapar a otro, aunque no se supiera muy bien quién debía atrapar a quién en aquel maravilloso juego que en ese momento carecía de normas. Se la liga Lupe, y Lupe corría, a pesar de ser un poco coja, eso decía ella, sólo un poco. Y se las apañaba para ir aquí y allá, y si se cansaba dejaba de perseguir a los otros, y de repente era otro el que se la ligaba, el que tiraba de la manga a Ricar, o del jersey a Santos. Discutían. No vale. Sí vale. Y se enfadaban, y alguno se sentaba, pero pronto se les pasaba el enfado y los chiquillos seguían corriendo. Lupe un poco coja. Iñaki con sus gafas metálicas. A veces decía, no vale, yo tengo gafas, y eso bastaba para arreglar el mundo. Como Lupe que no era coja, sino un poco coja. O Santos, que no sabía atarse los cordones pero no se lo decía a nadie, era su secreto. Ocho años y no sabes atarte los zapatos, se burlaba su hermana mayor. Pero es que las hermanas suelen ser así, se decía Santos para consolarse. Y si era Pía la que se sentaba enfadada, ella se tiraba de los pellejitos de los labios. Su madre le decía, no te los toques. Pero a ella le gustaba tirar de aquellos trocitos de piel rebelde, rota, aunque luego le doliera los labios cortados. Y así pasaban la tarde, corriendo a veces detrás de un balón, otras veces detrás de nada, de sombras, corriendo porque a los niños no les gustaba estarse quietos, y sólo se sentaban si se enfadaban, o si de repente estaban muy cansados, o se habían torcido un pie. Qué mala suerte, decía Lupe. Encima de que soy un poco coja, me he torcido un tobillo. Eso es una entorcedura, decía Ricar. No se dice entorcedura. Sí se dice entorcedura (...)

Relato Premiado en el Certamen José Calderón Escalada de Reinosa. Septiembre 2013