viernes, 21 de enero de 2011

LATIDO


No tiene boca ni dientes
es cojo y manco, imperfecto
pero si lo guardas en el hueco de tu mano
lo sentirás latir levemente
sobre tu piel de escarcha.
JCA

domingo, 2 de enero de 2011

VANIDAD

Fue un simple acto de vanidad. Todavía las sábanas guardaban su calor, la luz del atardecer era tibia, casi mágica. Elsa pensó que en ese momento el mundo era perfecto. El mundo que era cama, luz y Unax cubriendo la mitad de su cuerpo con una toalla de color salmón. El mundo que eran las seis y media de una primavera adelantada –hacía dos semanas había nevado-. Unax buscaba unos calcetines en el cajón de su cómoda, ajeno a sus ensoñaciones. Y entonces tuvo el valor de hacer esa pregunta que se había hecho a solas infinidad de veces. ¿Por qué se fue tu ex? La palabra ex sonó fría, neutra, un término que no podía hacer daño. La palabra ex era mucho más impersonal que Adriana, con su flauta travesera, sus mechas de color caoba y los pies planos corregidos con aquellos horribles zapatos ortopédicos que llevaba desde la infancia. Fue la pura vanidad la que le animó. Quería confirmar su presencia -Elsa permanecía tumbada en la cama, atrasando el momento de ducharse-, frente a la ausencia de Adriana. Quería confirmar su victoria, frente a la derrota ajena. Pura vanidad. Pura necesidad de reafirmar lo que acababa de suceder, buen sexo, bastante cariño, un proyecto de vida en común quizás. Luego los ojos de Unax, sorprendido. Una mirada que hablaba de un límite que Elsa había traspasado alegremente. No fui capaz de retenerla, dijo. Había cierta tirantez en sus palabras. Cierta rabia, que Elsa percibió cohibida. Mientras tanto la historia giraba, daba vueltas sobre sí misma. La historia era un caracol, que asomaba sus cuernos al sol de media tarde. Elsa se sintió sucia; le molestaba de repente el olor de su propio sudor, el olor del semen derramado sobre la sábana. Unax se vestía de espaldas a ella. Se levantó y se dirigió al baño, sin hacer ruido. Elsa silenciosa. Elsa metepatas. Pura vanidad, la misma que ahora, pisoteada, le enfermaba el ánimo. Dejó que el agua cayera sobre su rostro, mientras apretaba los párpados con fuerza. El jabón limpiaba su piel. Luego, lentamente abrió los ojos y vio como el agua formaba un remolino antes de desaparecer por el desagüe.
JCA